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Eliseo Diego, la última penumbra

viernes, 3 de julio de 2020

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Yenys Laura Prieto

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Eliseo Diego es una voz permanente en la literatura cubana. Una que se detiene en el rejuego entre luces y sombras, enunciación y elipsis, memoria y olvido. Su historia creativa está atravesada por la revista Clavileño donde fue redactor hasta convertirse en miembro fundador del Grupo Orígenes. Su hoja de vida lo muestra en diversos oficios. Fue maestro de inglés, inspector del Ministerio de Educación, enseñó literatura inglesa y norteamericana en cursos especiales ofrecidos por Casa de las Américas y trabajó en el Departamento de Literatura y Narraciones Infantiles de la Biblioteca Nacional. En las oscuras manos del olvido (1946), En la Calzada de Jesús del Monte (1949), Por los extraños pueblos (1958), El oscuro esplendor (1966), Divertimientos y versiones (1967), Muestrario del mundo o libro de las maravillas de Boloña (1968), Versiones (1970) y Nombrar las cosas (1973), forman parte de un legado que lo revela como uno de los autores cubanos más relevantes del siglo XX. 

En una entrevista realizada por el escritor Emilio Bejel, Eliseo Diego aseguró que su formación literaria había sido bastante “anárquica”. Recordaba especialmente de la adolescencia, las lecturas de la obra de Emilio Salgari y Robert Louis Stevenson. Su primera intención fue escribir narrativa, una novela que nunca llegó a realizar. Ese ejercicio se convirtió en un par de relatos breves cuya síntesis lo llevó a la poesía. Incluso refirió que la simiente de toda novela es siempre un poema. 

La influencia de Lezama Lima en la escritura de Eliseo

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Eliseo no pensaba en Orígenes como una escuela literaria sino como una agrupación de poetas y escritores que filtraban la realidad y su misterio a través de sensibilidades muy diferentes. “Quizás lo que nos agrupó es el hecho de que nuestro país en aquella época era un país fantasmagórico, una especie de farsa. Y Lezama Lima fundó esta revista que tenía una pretensión muy modesta: ser exactamente una revista de literatura”. 

Confesaba que fue Lezama una de las personas que más lo estimuló a escribir. “Habían pasado ya varios años después de terminar En la Calzada de Jesús del Monte y no me había decidido a publicarla, y un día Lezama me dijo con aquella entonación especial que él tenía: «Si usted no acaba de publicar ese libro, lo publicaré yo bajo mi nombre.» Entonces cuando recibí ese elogio tan grande viniendo de él, decidí publicarlo”.

La humanidad en la poesía de Eliseo Diego

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Eliseo es el poeta de la penumbra, de las oquedades. Vemos en él una luminosidad interior que pone en diálogo los objetos del afecto. Su poesía nace de los espacios cotidianos, en hechos de apariencia simple que tienen resonancia universal porque pulsan la urdimbre de lo humano. Asoma en ese calado la familia como núcleo poético que cristaliza el devenir, pero también la ruptura, el descalabro de la nostalgia. 

Define la poesía como vivencia esencial que no necesita ser expresada en palabras. Por otro lado, vio en ella la posibilidad de enunciar lo vivido, “la transmutación de la experiencia en alguna forma de arte.” Reconoció el mundo como un bosque de símbolos “que la escritura interpreta no a través de la razón pura sino de la inteligencia inmediata.” 

Los elementos ficticios en su obra

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Los relatos infantiles, la poesía y hasta las leyendas populares matizaron su acercamiento a lo fantástico, un espacio donde Eliseo Diego se alzó como pionero, según precisa el investigador y escritor Luis Rafael Hernández, quien pondera en sus cuentos y ensayos las marcas del estilo lírico. Así lo demuestra En las oscuras manos del olvido (1942) y Divertimentos (1946) donde es posible captar cierta línea de literatura fantástica. 

“Sin embargo, en su caso los elementos ficticios  tienen que ver más con el punto de vista del narrador y los ambientes de sus relatos, que con una voluntad de inclinarse hacia un mundo onírico o irreal”, apunta Hernández. 

Eliseo defendía la idea de que “no hay cuento tan fantástico como el simple hecho de vivir”, por lo cual toda su obra se articula a partir del encuentro con lo real, de la búsqueda de su misterio y sus ocultamientos. 

La responsabilidad fundamental de un escritor

En el prólogo realizado por Aramís Quintero para el volumen Poesía y Prosa Selectas, lo nombra “orfebre callado, miniaturista devoto” que tejió su obra entre la palabra y el silencio, el ser y el vacío. “(…) la orfebrería del mundo, la tradición miniaturesca del hombre son la magia inocente con que este trata de alcanzar la permanencia, de abstraerse al tiempo y la caducidad, y la muerte”.

La resonancia de sus palabras no es más que el testimonio sincero de su vida y el modo en que entendió la función de la poesía. Pensaba que la responsabilidad fundamental de un escritor es hacer aquello para lo que está llamado de la mejor manera posible.

Lo más notorio es la cualidad de trastocar la realidad cotidiana en realidad poética. Su minuciosidad es simple y perfecta, llena de transparencias que lo ponen al filo de la confesión trascendente. Vencida la ilusión del tiempo; asido a personajes, instantes, ardides de la memoria; su obra nos habla de la inmanencia de la palabra y es en su belleza más alta donde reconoce su ensueño y su fracaso. 

Un siglo después de su nacimiento, regresamos a Eliseo Diego con la necesidad de seguir nombrando las cosas. Nos devuelve una escritura lúdica, enaltecida por el amor al lenguaje; instrumento refinado y sutil, que intenta traducir los entresijos del universo con una lucidez serena. Nos da la bienvenida en la última penumbra, con versos que se perfilan como “ramas que en la sombra /figuran la raíz hacia la fuente, /y apartan la espesura”.

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