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Pablo Neruda, la poesía nace con el hombre

sábado, 11 de julio de 2020

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Por Giselle Lucía Navarro
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Escudriñar el corpus poético de quien fuera no solo uno de los escritores más importantes del siglo XX, sino también uno de los más prolíficos, supone el riesgo inevitable de dejar muchas aristas sin repasar. Pablo Neruda, seudónimo de Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto (Chile, 1904-1973), mereció el Premio Nobel de Literatura en 1971. Publicó más de una veintena de libros en vida y otros vieron la luz póstumamente. Entre ellos sobresalen Cien sonetos de amor, Canto general, Residencia en la Tierra, España en el corazón, Canción de gesta, Los versos del capitán, Odas elementales y, por supuesto, Veinte poemas de amor y una canción desesperada, probablemente el más popular de todos sus cuadernos, que lo precipitaría a la fama con tan solo 19 años.
Muchos lo recuerdan como un poeta que cantó al amor, y podría ser totalmente cierto, si entendemos que para el chileno el amor no tiene forma, es un impulso que abarca todo lo existente, que se renueva y crece, con el transcurso del tiempo las inquietudes de ese sentimiento irán adaptándose al mundo.

Un poeta de rupturas

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Neruda es un poeta de rupturas, cada libro y poema exige de él un rompimiento y una transformación interior. Detesta la repetición, por ello se exige a sí mismo la necesidad de que su poesía ande y se fortalezca de la misma forma que él ha de hacerlo. Los viajes que realizaría, le permitirán reafirmar la sensibilidad de ir descubriendo las esquinas del mundo y sembrarán en su mente la necesidad de cantar esas realidades diversas. En sus versos se planteará la ruptura entre la forma tradicional de entender la historia y la poesía. La escritura para él nace de la vida, de la propia experiencia. Siente que su misión es la de ser portavoz de una memoria que muchos olvidaron, por ello rescata en sus palabras esas voces y las vivifica.
La poesía se presenta en Neruda como un acto de revolución, que propone un nuevo camino a la literatura latinoamericana. Recordemos su poema “Alturas de Macchu Picchu”, que al desenterrar un pasado nos descubre un continente y con él la madurez del poeta. Su libro Canto general, considerado por muchos su obra cumbre, nos da testimonio de ese crecimiento, en este afloran el oficio y el deber del poeta, al escarbar en la profundidad para extraer la esencia de las cosas. 
Para Neruda la voz del poeta debe ser la voz del pueblo, y su obligación era cantar ese mundo deshabitado lleno de injusticias y dolor para los más necesitados. Era poeta por maldición, como se definiera a sí mismo en cierta ocasión. Ya no existe diferencia entre su lucha, su vida y su escritura. Su poesía es discurso. Cree en el poder persuasivo de la poesía frente a la masa, y desde ella y para ella urdirá todo su fervor revolucionario.

La influencia nerudiana en la literatura

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Sin mencionar que sus versos han pasado a confluir en el vocabulario cotidiano de tantos enamorados, bastaría con citar las palabras  de algunos de los más notables escritores del siglo XX, para describir la influencia nerudiana en la literatura. Según Julio Cortázar, nos devolvió a lo nuestro, nos arrancaba de la vaga teoría de la amada y la musa europea para echarnos en los brazos a una mujer inmediata y tangible, para enseñarnos que su amor de poeta latinoamericano podía darse y escribirse “hic et nunc”, con las simples palabras del día, con los olores de nuestra calle, con la simplicidad del que descubre la belleza sin el sentimiento de los grandes helicópteros y la divina proporción. Para Federico García Lorca fue un poeta más cerca de la muerte que de la filosofía, más cerca del dolor que de la inteligencia, más cerca de la sangre que de la tinta. Un poeta lleno de voces misteriosas que afortunadamente él mismo no sabe descifrar; de un hombre verdadero  que ya sabe que el junco y la golondrina son más eternos que la mejilla dura de las estatuas… O recordar la tremenda conmoción que provocaron sus versos en Miguel Hernández que al leer Residencia en la tierra expresara ganas me dan de echarme puñados de arenas en los ojos, de cogerme los dedos con las puertas, de trepar hasta la copa del pino más dificultoso y alto. Sería la mejor forma de expresar la borrascosa admiración que despierta en mí un poeta de ese tamaño gigante. Sin dejar a mencionar a Rafael Albeti, que sobre su libro España en el corazón, escribiera “lo ha creado la guerra a través de un hombre traspasado”.
El chileno concibe la palabra como un instrumento útil, trata de dilucidar con ella las diversas representaciones del sufrimiento humano, y encauzar un camino en el sacrificio para alcanzar el acto de la libertad. Neruda es sin dudas, una de esas voces ineludibles de la literatura universal. Como lo retratase Volodia Teitelboim en su biografía, un poeta guerrero por la paz y también por la poesía.

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