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Escribir es fugarse de las palabras

jueves, 27 de febrero de 2020

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Rogelio Riverón

Al tanto de mi índole de novelista, me sale al paso un hombre aficionado a la literatura. Lleva una camisa de hilo y huele a Paco Rabanne. Charlamos brevemente sobre Alejo Carpentier y sobre Ohram Pamuk (a Pamuk se lo menciono yo; él lo desconocía), hasta que se atreve a confesar que ha escrito una novela y que tiene la corazonada de que se trata de un buen texto.  ¿Le haría el favor de leerla y darle mi opinión? Acepto, pero él, envalentonado sin motivo aparente, se pone a contarme el libro. Está, ni más ni menos, narrando su novela por segunda vez. Quizás no es que olvide que me espera una jornada por sus páginas que deberé hacer solo, como verdadero lector, sino que contándola de nuevo se reafirma y me reafirma su importancia. Es curioso que cada cierto tiempo hace un paréntesis para repetir que él es solo un abogado (tiene 46 años), y que redactar esta novela fue producto de una tentación cuyo origen atribuye a lo atractivo de la biografía de su padre, que fue un músico muy activo en la década de 1950. Claro, vaticina, después seguro que escribo otras, pues escribir envicia. Bienaventurado él con su camisa bien planchada y su esposa —blanca, bonita, más gruesa de lo aconsejable— que apoya esa necesidad de expedir ficciones. Presiente que escribir envicia. No sabe, sin embargo, nada de mis angustias, de lo culpable que me siento a veces por haberme convertido en escritor. No sabe que la demasiada euforia es la hiena de los literatos. Se acerca a las palabras solo para jugar, con una corrección deleznable, censurándose, no en el argumento, sino en el estilo. Escribir como distracción es lo que propala. Viene a curiosear a donde otros venimos a mortificarnos. No le basta con ser un lector competente, y sin embargo, no se jugaría el alma por escribir.

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El estilo en los textos literarios

¿Lo juzgo desde mi soberbia? ¿Desde mi superioridad? Creo que no (ya he aceptado dedicarle tiempo, leer evaluativamente su escrito). Ni siquiera se trata de que haya irrumpido en mi medio, sino de un no comprender lesivo, aun cuando no se le ejerza a conciencia. Aunque yo solo sea uno de los muchos tipos de escritores que existen, hay un prejuicio general que ―sospecho― nos guarece: ser un escritor es algo que no cesa o ―permítaseme la cursilería― que no recesa. Esa circunstancia condiciona incluso la relación con el lenguaje y modera la perspectiva vital del convicto de literatura.  Yo me he sorprendido algunas veces camino a la presunción a la hora de razonar sobre la condición del escritor. Y me he dicho que la palabra es la cárcel de la literatura. Es una paradoja peligrosamente fecunda. Pues la palabra presupone una sujeción, tiende a lo finito y redactar ficciones es un intento por sobrepasar, tanto los límites de lo real, como los del lenguaje: el peligro de embarcarse en un infinito que se alimenta de nuestra fe en lo desconocido. De modo que el estilo vendría a ser el esfuerzo por romper esa sujeción y hacerse singular, único. El estilo no es la suntuosidad, ni la complicación: es en todo caso una marca, una voz, suntuosa o escueta, como bien lo demuestra el cardenense Virgilio Piñera, quien erige sus exasperantes narraciones con las piltrafas del lenguaje. Franz Kafka las erige con la síncopa de la jurisprudencia. Aclaremos que el estilo no se reduce al lenguaje, aunque esa es una idea más bien evidente.

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Los diferentes tipos de escritores

En ocasiones un escritor, antes que a un lector, predeterminado o no, se dirige a sí mismo. Otros, más osados, se dirigen al lenguaje. Quienes se dirigen más resueltamente a un lector son los autores de best sellers, esos que necesitan rabiosamente ser notados: Isabel Allende, Paulo Coelho. Si se observa con detenimiento, se notará que son autores recurrentes y sentenciosos: los peores nos tratan de aleccionar  mientras nos entretienen. Como buscan ser notados, no perderán demasiado tiempo en perfilar un estilo, aunque eso no significa que algo afín les sea ajeno. Nada tengo en contra de esos autores, como no me incomodan, por ejemplo, el thriller cinematográfico o la poesía neorromántica. Solo que como lector prefiero ―voy a resultar altisonante― a quienes sean capaces de inmolarse por la literatura, sean canónicos o mis contemporáneos. A aquellos que no se deben al mercado, aunque vean reducirse su círculo de lectores como las cabezas tzanza de los indios Shuar. A quienes escriben incluso cuando la posibilidad de un editor es un espejismo. A los que se dirigen a sí mismos, pues si son plurales en ellos también estaré yo. A los que se dirigen al lenguaje no solo en la poesía, sino incluso en la novela o en el cuento. Como lector los prefiero y como escritor intento hermanármeles. Esa es la literatura que preconizo. Pues, como se sabe, todo texto literario es anterior a un virtual editor, pero hay  escritores que no tienen como premisa a un editor, aún cuando lo deseen. Escribir como via crucis, sin saber qué pasará, como deber para con el equilibrio de la personalidad y de la psique. Como deber para con el lenguaje y la cultura.


El propósito del escritor para con los lectores

Se me objetará que enarbolo una condición ideal, suprema y al borde de la petulancia. No descarto esa posibilidad ―la de la petulancia―, aunque sería una postura involuntaria. Mis ideas son resultado de mi carácter y de los libros, presumo. De la pasión y de un reactualizado sentido de la fatalidad. Peter Handke, que ya jamás será considerado un escritor marginal, es para mí un ejemplo de ecuanimidad creativa porque toda su obra parece deberse a una gran confianza en sí mismo; una confianza melancólica. Por su parte, César Aira afirma que sus lectores son escasos pero son de lujo. En una entrevista con Carlos Madrid explica que a él le interesa sobre todo la literatura literaria. Que él construye juguetes literarios para adultos. Yo creo entender a los de esa familia; me gustan esos artefactos buenos para construir o contrastar hipótesis, para presionar al lenguaje, para presionarme como escritor, aunque mis lectores no conformen una multitud. Es para mí en primera instancia para quien escribo. Ando siempre en busca de un confort, cuya vaguedad, en vez de avergonzarme, me sosiega. Pero escribo como si estuviera siendo espiado (el ansia de ser leído). Trabo relación con mis personajes y a veces los consulto sobre su propio desenvolvimiento. Los engaño, me dejo engañar por ellos. El lector que al tropezar conmigo decida quedarse en las cercanías es tan valioso por eso mismo, porque soy incapaz de prefigurarlo.      

Escribo también para refutar otros libros que aún no han sido escritos, que probablemente jamás se escriban. Si yo no los refuto —eso sí— enseguida alguien los escribiría. Al escribir refuto no solo malos textos, sino excelentes libros por escribirse que, de leerlos, me provocarían el desaliento, los celos, la locura.

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